Déjame que te cuente una historia.


     Era una tarde-noche de aquel domingo lluvioso, el cielo parecía haberse desvanecido por completo sobre la ciudad, sus campos y el pequeño pueblo. Llovía muy fuerte y el agua caía incesante sobre el antiguo zinc de la casita de los abuelos, ubicada en aquel lugar de leyendas donde la historia cuenta que se producía el famoso “oro verde”.

    Yacía la casucha vacía, llena de ecos, desde que se mudaron los abuelos a una ciudad más grande, a vivir con sus hijos y nietos. Era esa una casa de tres lánguidas habitaciones, un saloncito-cocina, construida en 1970 por manos foráneas y, también, era el palacete que custodiaba un pequeño saltamontes de cincuenta y un años de edad. ¿Podéis creerlo?, casi un milagro si pensamos en un personaje que sobrevivió a la cría de gallinas de la abuela, a los experimentos del más pequeñajo de los hijos, que le gustaba jugar al científico, y que más de una vez encerró arrieros, gusanillos y hasta libélulas en frasquillos de vidrios y los llevaba a congelar en el refrigerador para descongelarlos luego al sol y probar si resucitaban, cual película de Frankenstein… Entre otras cosas, a todo esto el saltamontes sobrevivió.

   Esa tarde se abrió a empujones la vieja puerta de madera, y los oídos de nuestro viejo amigo, que ya no eran los mismos, escucharon decir: “pasad, tened cuidado, hay mucho polvo, hace mucho que nadie viene”; y, aunque ya no escuchaba bien, esa voz chilloncilla le parecía familiar, pero a su vez, un sentido de negación le reclamaba que eran las palabras de una persona adulta. ¿Cómo podía pensar que le había conocido antes? Se apresuró a salir de su escondite y asomarse por la rendija de uno de los marcos de la cocina, que era donde solía tener su guarida; esa esquina, que no había sido modificada con los pocos retoques hechos de pintura improvisada o parches de cemento o alguno que otro azulejo. Así que, miró atentamente, por que paradójicamente, sus ojos gozaban de una claridad increíblemente asombrosa para su edad. Se restregó los ojos como intentando enfocar bien con sus pupilas lo que a penas podía creer. ¿Era ella? ¿Es posible que fuera ella? Lucía más alta y su cuerpo estaba adornado por algunas libras de más, un par de arruguillas enmarcaban sus ojos negros al reír mientras hablaba, parecían más pequeños, pero con la vivacidad que él tanto recordaba; si no fuera porque conservaba grabado en su memoria el rostro de su madre hubiese pensado que era la señora de aquella casa, que una vez fuera adornada con la esencia del calor del hogar que solo pueden decorar la sonrisa y los gritos de la inquietud propia de los niños y, que ahora, se había convertido en un caserón extraño, un baúl de los recuerdos y la bitácora que guardaba el eco de sonrisas atrapadas en las telarañas de una historia hasta este día sin contar.

     En un instante volvió a la realidad. Mientras la mujer caminaba escuchó decirle algo a un hombre que le acompañaba, exclamó: “Mira esta era mi habitación, aquí hacía un mundo de historias (su rostro se iluminó como si se teletransportara al pasado), ¡llegué a pensar que tenía poderes y entablaba pláticas con un grillo pequeñajo! -¿Grillo pequeñajo, grillito? Pensó el saltamontes- Y de pronto sentía cómo su corazoncito diminuto, que desde hacia un tiempo latía con pereza, cobraba fuerzas y, al fijarse en su cabello largo, rizado, rebelde y negro, se enteró que no había cambiado tanto; sin duda era ella… ¡Era ella!

    Quiso gritar y lo hizo: “Ey, ey, estoy aquí, soy yo, tu grillito hablador. Ey, eres tú, la flacucha inventora, ¡venga, vamos, cuéntame una historia. Pero, por más que afinaba sus canijas patas traseras, ella no parecía oírle y menos verle.

    ¿Cuántos años habían pasado? ¿Veinte, veinticinco? Ella había regresado con un acento extraño, pero su sonrisa era la misma. ¿Habría venido a quedarse o solo estaba de visita? ¿Cuándo volvería? Quizás, el universo preparaba una despedida y por eso había de encontrarse con su fantasiosa niña; después de todo, para ser un grillo, había vivido muchísimo más de lo que se espera en estos casos o, quizás el sería eterno. ¿Quién sabe? Siempre podrían ocupar la casa otros niños y devolverles la vida a esas gastadas paredes.

     Con nostalgia, notó que ya no era la niña que recordaba, quizás ella ya no soñaba como cuando tenía esos ocho años y era probable que el mundo de los adultos, con sus complejidades, le había hecho perder el poder de hablar con los saltamontes y olvidar que podía crear todo lo que quisiera.

    ¡Sintió deseos infinitos de contarle tantas cosas! ¿Querría acaso escucharlas ella?

     Embelesado, hundiéndose en su propio pensamiento y con miles de preguntas a la vez tuvo un descuido y de pronto… ¡Zas!  Retumbó un ruido estrepitoso que casi había olvidado, un zapatazo estuvo a centímetros de él y a no ser por sus reflejos, altamente sensoriales, habría quedado aplastado. Seguido y más sordo que nunca, logró escuchar a la chica hablar, diciendo: “déjale, es solo un grillito” (a él nunca le había gustado que le dijesen grillo, pero en los labios de ella era como una caricia porque ahora sabía que le había visto, y no, no soy un grillo pensó). Soy Caelifera, ¿recuerdas? Me llamabas así. ¿Sabías – continuo ella- que de niña pensaba que los saltamontes me hablaban y entablaba largas conversaciones con ellos?

¡Eureka! Era ella, no había dudas, -dijo el grillo- Recordaba todo. Pero espera niña, pensó, no es tu imaginación, todo fue real, soy yo, estoy aquí.

   Ella lo tomó suavemente en sus manos y lo llevó a un lugar seguro mientras exclamaba, con un suspiro que parecía resucitar todos esos días de alegre niñez remembrados, ¡cómo me gustaría volver a ser niña!

    Caelifera le escuchó y observó cómo se alejaba mientras pensaba para sí: “has vuelto a ser niña en estos leves minutos, por favor, no pares de soñar y volverás a serlo. Yo estaré aquí mientras tu vivas, y quizás sea eterno, quizás habiten en esta casa otros niños con el mismo poder de hablar con los caeliferas como yo.

Escrito por Lorena Guevara

Julio 23, 2021.

2 comentarios

  1. Es una historia preciosa, con olor a infancia y recuerdos de un tiempo donde se han olvidado las penas y nos queda la esencia de los momentos felices de nuestro pasado…
    Te felicito, tienes un don para contar historias que debías haber explotado mucho antes.

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *